Martes, 25 de enero de 2005
Parecía como si fuera todo mejor.
Mientras viajábamos a Quito iba reconociendo desde el bus la parte sur de la ciudad, esa parte no tan bonita, algo conflictiva y desordenada. Viajábamos con parte de tu familia y un buen amigo mío.
Cansados, siendo ya más de las cinco y sin estar con mucho dinero nos alojamos en una hostal bastante precaria. De hecho la habitación donde tus sobrinos, mi amigo, tu y yo dormiríamos no tenía cerrojo que soportara algún empujón medio fuerte.
Tiraste las maletas en el piso y te dejaste caer sobre la cama más grande. Te vi ahí recostada, quejándote de un dolor de espalda y diciendo que tenías demasiada hambre como para sentirte cansada. Te ví ahí y sentí que todo estaba bien, que lo pasado había sido un sueño.
Los niños salieron por la puerta corriendo diciendo que buscarían algo de comer, la mamá de ellos apenas y los alcanzó en el comienzo de la escalera con los abrigos en la mano y gritándoles que fueran más despacio o si no no les compraría los helados que ellos querían. Hacía frío esa tarde, más de lo acostumbrado.
Salí al baño comunal y vi a mi amigo sentado fumando un cigarrillo, pensando en cualquier cosa, con la mirada perdida en un helecho que colgaba de la pared opuesta a él. Oriné, me lavé el rostro con el agua helada y salí de vuelta al cuarto. Él me esperaba de pie cerrándome el paso, me tomó del brazo con cariño y me dijo:
- Estás seguro
- Nunca lo habpia estado tanto - le respondí y seguí mi camino.
Tú me esperabas debajo de las cobijas estrenando esa pijama que te regalé hace un año, y al tiempo que me metía en la cama desnudo me preguntabas si no nos oirían de afuera.
- Que importa si estamos juntos - te dije mientras empezaba a besarte en lo que sería una de las más memorables noches que pasaríamos juntos el resto de nuestras vidas.
Por: Joaquín | Juntos | Comentarios (0) | Referencias (0)
Bitácora paralela de la vida de un autor en trozos.
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